Turn out the lights, yeah

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sábado, 12 de mayo de 2012

Mas de Cien Mentiras


La verdadera solidaridad surge cuando las personas efectúan la empatía, y esta a su vez es más fácil de concebir cuando los practicantes se han encontrado en situaciones similares.

   El viernes fui a un hospital de urgencias del IMSS, había muchas personas esperando su turno, muchas otras esperando familiares. Algunos preocupados, otros tristes, otros tranquilos, pero todos cansados por la espera.

   Imprevistamente, salió un señor elevando la voz para que todos pudiéramos escucharlo “¿alguien me podría vender un nebulizador usado? lo necesito para mi papá”, nadie le dio una respuesta positiva, así que desapareció.

   Minutos después, el hombre se encontraba ahí nuevamente, elevando la voz “¿Alguien me puede comprar el nebulizador?, les dejo mi chamarra, el celular de mi esposa, la refacción de mi coche…, es para mi papa, tiene 85 años y lo necesita “

   Nuevamente nadie respondió.

Volvió a repetirlo, “¿Alguien me puede comprar el nebulizador?, les dejo mi chamarra, el celular de mi esposa, la refacción de mi coche…”

   En ese momento una señora se puso de pie y dijo “a ver, que les parece si mejor cooperamos para este muchacho, lo que ustedes puedan dar y así lo ayudamos”

 El joven, un poco tímido, quizá apenado pero aliviado de haber encontrado una posible solución a su problema, pasó asiento por asiento a recibir la ayuda de quienes ahí se encontraban. Mientras tanto, la señora que tuvo la idea, hizo lo mismo en el otro lado de la sala de espera.

   Me sorprendió y me dio gusto ver, que la mayoría de las personas aportaban algo, y cantidades un poco elevadas para ser dinero regalado, es decir, no daban un peso, quienes podían aportaban $20, $50, otros $10… algo muy poco común.

   Finalmente, la señora orquestadora dio la noticia, “muchas gracias a todos ya acompletó” y el joven salió deprisa y torpemente a conseguir su aparato, con una ligera sonrisa en el rostro.

   …La espera continuaba, las personas se desesperaban, unos leían, otros dormitaban, otros no hacían nada.

   Una señora que venía de la calle entró y pasó hasta el fondo de la sala diciendo a todos “quienes quieran un atolito vayan afuera, se los ofrezco de todo corazón”. Las personas escucharon, pero no salían, quizá por tímidas. Yo llevaba un buen rato ahí y no había tenido tiempo de comer, así que decidí salir.

   Afuera del hospital, estaba toda una familia, muy juntitos, con un joven al frente cargando una charola llena de atoles y una chica cargaba muchos panes. Me acerqué y tomé un atole, la niña me ofreció un pan. Antes de entrar nuevamente al hospital les agradecí y les pregunté que por qué hacían eso, el joven me contestó que era una promesa que habían hecho.

   Seguramente ellos tuvieron algún familiar enfermo, pasaron largas horas en esa sala, lidiando con el hambre, el cansancio y el hartazgo. Ellos sabían lo que era estar ahí.
Esa noche entre triunfalmente con mi atole y mi pan, y cuando los demás vieron, se decidieron a salir. A todos les venía muy bien comer algo.

   Ese día me lleve una nueva experiencia a casa, estas son historias que no pasan en cualquier lugar. Sin duda la falta de recursos es incómoda, pero en ocasiones brinda grandes experiencias que enriquecen el espíritu. 

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