La verdadera solidaridad surge
cuando las personas efectúan la empatía, y esta a su vez es más fácil de
concebir cuando los practicantes se han encontrado en situaciones similares.
El viernes fui a un hospital de
urgencias del IMSS, había muchas personas esperando su turno, muchas otras
esperando familiares. Algunos preocupados, otros tristes, otros tranquilos,
pero todos cansados por la espera.
Imprevistamente, salió un señor
elevando la voz para que todos pudiéramos escucharlo “¿alguien me podría vender
un nebulizador usado? lo necesito para mi papá”, nadie le dio una respuesta
positiva, así que desapareció.
Minutos después, el hombre se encontraba
ahí nuevamente, elevando la voz “¿Alguien me puede comprar el nebulizador?, les
dejo mi chamarra, el celular de mi esposa, la refacción de mi coche…, es para
mi papa, tiene 85 años y lo necesita “
Nuevamente nadie respondió.
Volvió a repetirlo, “¿Alguien me
puede comprar el nebulizador?, les dejo mi chamarra, el celular de mi esposa,
la refacción de mi coche…”
En ese momento una señora se puso
de pie y dijo “a ver, que les parece si mejor cooperamos para este muchacho, lo
que ustedes puedan dar y así lo ayudamos”
El joven, un poco tímido, quizá apenado
pero aliviado de haber encontrado una posible solución a su problema, pasó
asiento por asiento a recibir la ayuda de quienes ahí se encontraban. Mientras tanto,
la señora que tuvo la idea, hizo lo mismo en el otro lado de la sala de espera.
Me sorprendió y me dio gusto ver,
que la mayoría de las personas aportaban algo, y cantidades un poco elevadas
para ser dinero regalado, es decir, no daban un peso, quienes podían aportaban $20,
$50, otros $10… algo muy poco común.
Finalmente, la señora
orquestadora dio la noticia, “muchas gracias a todos ya acompletó” y el joven salió
deprisa y torpemente a conseguir su aparato, con una ligera sonrisa en el
rostro.
…La espera continuaba, las personas
se desesperaban, unos leían, otros dormitaban, otros no hacían nada.
Una señora que venía de la calle
entró y pasó hasta el fondo de la sala diciendo a todos “quienes quieran un
atolito vayan afuera, se los ofrezco de todo corazón”. Las personas escucharon,
pero no salían, quizá por tímidas. Yo llevaba un buen rato ahí y no había tenido
tiempo de comer, así que decidí salir.
Afuera del hospital, estaba toda
una familia, muy juntitos, con un joven al frente cargando una charola llena de
atoles y una chica cargaba muchos panes. Me acerqué y tomé un atole, la niña me
ofreció un pan. Antes de entrar nuevamente al hospital les agradecí y les
pregunté que por qué hacían eso, el joven me contestó que era una promesa que
habían hecho.
Seguramente ellos tuvieron algún
familiar enfermo, pasaron largas horas en esa sala, lidiando con el hambre, el
cansancio y el hartazgo. Ellos sabían lo que era estar ahí.
Esa noche entre triunfalmente con
mi atole y mi pan, y cuando los demás vieron, se decidieron a salir. A todos les
venía muy bien comer algo.
Ese día me lleve una nueva
experiencia a casa, estas son historias que no pasan en cualquier lugar. Sin
duda la falta de recursos es incómoda, pero en ocasiones brinda grandes experiencias
que enriquecen el espíritu.
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